De Picapiedra a X-Men (Parte I)

Por Esmeraldo V. Nolasco.


Incluso cuando la esperanza y la ciencia nos fallen, el arte sobrevivirá1.


Nostalgia


Cuando el dibujante William Hanna y el creador de guiones gráficos Joseph Barbera decidieron aunar esfuerzos y crear la productora de televisión y de cine Hanna-Barbera, no sospechaban el éxito abrumador con que la sociedad de la década de los sesenta acogería su trabajo. Caricaturas de televisión que forman parte del ADN de la cultura popular deben su origen a estos genios creativos. ¿Quién no siente añoranza al recordar la propia infancia? Recuerdo en la lejanía del tiempo mañanas de ensueño ambientadas en inocentes veranos de infancia en casa de mi tía. Uno se despertaba; y aunque renuente, uno se levantaba y se bañaba con una disciplina casi militar supervisado por la tía que no daba lugar para posponer la higiene personal. Luego, sólo quedaba la satisfacción del deber cumplido. Entonces era cuando uno pasaba a desayunar algún alimento nutritivo pero que no decepcionaba en sabor. Sólo entonces, librado de todos los deberes que un niño de 8 años pudiera tener en sus vacaciones colegiales, me dejaba absorber por los dibujos animados de la época.


¿Y qué veía un niño a principio de los 90? (nostalgia incluida) El oso Yogui, Tom y Jerry, Scooby-Doo, Los autos locos (la risita ahogada de Pulgoso era la risa más ruda y a la vez más cómica que jamás un perro tuvo, ¡ja!), Don gato y su pandilla, Tiro loco McGraw, Jonny Quest, El fantasma del espacio… Todos obra y arte de Hanna-Barbera. Gracias Hanna-Barbera por hacer nuestra infancia más feliz (los niños de hoy tal vez no corran con la misma suerte).


Sin embargo, tal vez los más icónicos de todos los dibujos animados de esta productora en especial fueron los universalmente conocidos como Los Picapiedra. Una serie animada de televisión producida en 1960 para ser transmitida en horario de máxima audiencia en los Estados Unidos. Porque en mi opinión, si algo tienen en común las generaciones de los años ‘60, ‘70, ‘80 y ‘90 es que todos los niños y adultos de estas épocas crecieron viendo en más de un setenta por ciento los mismos muñequitos y series de televisión. De tanto en tanto mi madre y yo hablamos con nostalgia de los muñequitos de su infancia que increíblemente también eran los míos. ¿Recuerdan todavía Fantasías animadas de ayer y hoy? eso es tan sólo uno de muchos ejemplos.


Pero lo inevitable ocurre. Uno crece y con uno los gustos también. Las épocas cambian y con ellas los intereses. Fue así como en el gusto de un niño nacido en la última mitad de la década de 1980 surgió un nuevo gusto por historias de mayor acción, mayor drama y mayor emoción. El nuevo milenio trajo todo eso, y más. No puedo señalar categóricamente al año 2000 como el punto de no retorno de una infancia perdida, o del punto de quiebre de la inocencia de las cuatro décadas previas al nuevo milenio. Pero lo sospecho.


Rudeza


Lo que sí es seguro es que fue en este año cuando el mundo del cine contempló anonadado el triunfo de la puesta en escena del resurgir del género de superhéroes con la película dirigida por Bryan Singer: X-Men. Las salas de cine estaban abarrotadas; a la gente le gustaban los efectos especiales, hombres lanzando ráfagas de rayos ultra caliente, otros con increíbles habilidades de telepatía, poder para controlar el clima y las tormentas, volar, etc. Una explosión de adrenalina y testosterona en la sala de cine.


La tierna infancia dio paso a la rebelde adolescencia y los relativamente pocos dibujos animados que se consumían eran casi en su totalidad los que aportaban un poco de entretenimiento agresivo: un objetivo difícil que lograr, un enemigo feroz que vencer –matar a veces–, una recompensa que una vez conseguida otorgaba la vanidad de la gloria. Una trama mucho más demandante, más compleja, con mucha más acción. Por eso recuerdo días sí días no, mis tardes de adolescente cuando todos los deberes estaban hechos, sentado viendo la nueva versión para la televisión del clásico de Stan lee, X-Men: evolution. Sí; Era otra cosa. Buenos tiempos aquellos.


Sabiduría


Nos encontramos ya en la segunda década desde el inicio del segundo milenio y aquellos días de antaño parecen difuminarse en la memoria, como si la neblina implacable de los tiempos antiguos se negara a dejarnos vislumbrar con aquella misma alegría algo más que un poco los días pasados. Como hemos dicho, las épocas cambian y con ellas nosotros también. Ahora los dibujos animados no forman parte de nuestra rutina. Hay otras responsabilidades y otras apetencias. Trabajo, estudios, relaciones familiares, amistad. Pero sobre todo una necesidad de comprender el universo, la vida, la sociedad, el prójimo y quizá lo más difícil, a uno mismo. Es en esta búsqueda, en este proceso de cambio, cuando surge la sabiduría. Uno empieza a comprender mejor las cosas que te rodean en la misma medida en que tus dudas comienzan a hacerse más grandes, pero también más racionales. Hay dudas necias. Que son tal vez las mayorías; pero las dudas racionales, las únicas dignas, son las que te empujan más y más hacia la rivera del río caudaloso del conocimiento y la sabiduría.


Es entonces cuando por fin uno se hace adulto.

Fuentes:

  1. Cita de Janet Maslin, crítica literaria y de cine para el periódico The New York Times.