Un Mundo Feliz: ¿Por Qué Dios y Shakespeare Importan en una Sociedad?

Por Esmeraldo V. Nolasco.

La ficción en la literatura ha sido caldo de cultivo para generar ideas variopintas que oscilan desde extravagancias de mundos extraterrestres imposibles hasta sociedades deshumanizadas y distópicas donde un nuevo orden mundial y cultural domina en la estructura de un gobierno central la totalidad de la sociedad humana civilizada. Aldous Huxley, novelista, ensayista y poeta inglés del siglo veinte fue agudo y penetrante cuando compuso el clásico de la literatura universal Un mundo feliz.

Un mundo feliz describe una sociedad humana avanzada que ha alcanzado un desarrollo tecnológico sin parangón donde los taxis voladores son ya, al menos da la impresión, cosas tan corrientes así como parte de un pasado reciente que ha empezado a convertirse en un pasado lejano; en el ámbito de la Ciencia se ha logrado dominar los conocimientos químicos y genéticos necesarios para aplicar la técnica de la clonación con la misma facilidad con que un carpintero corta un pedazo de madera; la política no es distinta, la humanidad ha dejado de sufrir las embestidas de gobiernos que se alternan cada tantos años y que a veces pueden ser buenos pero la mayor parte del tiempo son malos o muy malos (democracia), dando lugar a un único gobierno mundial de tiempo ilimitado.

No existen enfermedades, pues hay medicina para todo y para todos. La vejez es retrasada y las expectativas de vida son por mucho muy deseables. Tampoco la seguridad ni la economía ni el desempleo son un problema. No existe la fastidiosa barrera cultural, porque tampoco existe el odioso concepto del pasado: mi país. Tu país. En realidad, es lo más parecido a un paraíso socialista. Y si no es el mundo imaginado por Jhon Lenon, es uno muy parecido. Un mundo feliz.

Es entonces cuando la curiosidad generada por el sugestivo título de la novela nos inquieta y hace que nos preguntemos desde un mismo inicio: ¿Cómo ha logrado esta sociedad ser feliz?

Una Sociedad Feliz

La sociedad de Un mundo feliz puede estar especialmente interesada en el individuo más que en cualquier otro aspecto del imperio (porque es lo que es, aunque Huxley no le llame así en su novela). Después de todo ¿no son los individuos humanos los que conforman los grupos sociales que configuran la sociedad? Pues bien, el mayor avance del imperio se encuentra en su comprensión de la naturaleza humana y las avanzadas técnicas propiciadoras de felicidad a todos y cada uno de sus satisfechos ciudadanos. Pero todo tiene un costo; y el que se paga por la felicidad nunca es demasiado alto. De hecho, el imperio no escatima esfuerzo.

Como bien sabe la cúpula gobernante (en la novela siempre distante, desconocida, etérea, ausente y al mismo tiempo omnipresente) que la felicidad es el fin supremo del hombre, eso ofrecen a sus ciudadanos. Y aunque el mismo pueblo seguramente no conoce el concepto de felicidad (porque los dirigentes se cuidan mucho de no darles conocimientos inútiles que atenten contra su felicidad), no obstante, para los dirigentes es sinónimo de estabilidad política. Completa sumisión y lealtad ciega pero radical por parte de los gobernados.

Entonces ¿cómo luce la sociedad feliz?

Redefiniendo el Valor de la Vida

La primera escena de la novela te sumerge en un ambiente de laboratorio con tecnología vanguardista y científicos con mucho cerebro y pocas emociones. Estudiantes de ciencia recorren los pasillos del laboratorio guiados por el director del centro. Así lo describe Huxley:

Un edificio gris, achaparrado, de sólo treinta y cuatro plantas. Sobre la entrada principal se lee: “Centro de Incubación y Condicionamiento de la Central de Londres”, y, en un escudo, la divisa del Estado Mundial: “Comunidad, Identidad, Estabilidad” […] fría a pesar del verano que reinaba en el exterior y del calor tropical de la sala, una luz cruda y pálida brillaba a través de las ventanas buscando ávidamente alguna figura yacente amortajada, alguna pálida forma de académica carne de gallina, sin encontrar más que el cristal, el níquel y la brillante porcelana de un laboratorio.

En la novela, el Centro de Incubación y Condicionamiento se trata de un establecimiento oficial en donde se clona y experimenta con células humanas. En la sociedad feliz se ha abolido la reproducción humana. Todo lo que existe, cada empleado, cada ciudadano, cada individuo (aunque no parece ser el caso de los dirigentes) es un clon. Por tanto, la dignidad de la vida humana es un pensamiento extraño, indigno. Cuando alguno muere el cadáver es cremado y, eso sí, con la avanzada tecnología de una sociedad civilizada, los gases y químicos resultantes del
cadáver en descomposición, como el fósforo y el oxigeno, son reutilizados como abono para las plantas. Lo único para lo que sirve la vida humana es para cumplir el propósito para el que se le clona. Trabajar. Producir. Consumir. Todo por y para el imperio. En el Estado Mundial eso es la vida: químicos bien combinados, temperatura en el límite adecuado, ebullición, intervención científica… Y nada más.

El tono tétrico que embarga el relato es casi deprimente.

Placer como Mecanismo de Control

En la sociedad feliz las personas son adictas al placer. Pero no al tipo de placer más puro y elevado como el amor entre un hombre y una mujer, o a la familia (palabra por cierto que provoca vergüenza a la sociedad feliz; es un concepto que sonroja), o el amor a Dios o a los amigos o la contemplación de un ideal elevado, como la patria (pero ese concepto no existe porque fue abolido hace tanto tiempo). Ni el placer resultante de haber comido una buena comida o bebido una Coca-Cola. La manera de decirlo del interventor fuera magistral si no hubiera sido tan inmoral:

Actualmente el mundo es estable. La gente es feliz; tiene lo que desea y nunca desea lo que no puede obtener. Está a gusto, a salvo; nunca está enferma; no teme la muerte; ignora la pasión y la vejez; no hay padres ni madres que estorben; no hay esposas ni hijos ni amores excesivamente fuertes. Nuestros hombres están condicionados de modo que apenas pueden obrar de otro modo que como deben obrar. Y si algo marcha mal, siempre queda el soma.

El placer entonces del mundo feliz es el vicio, la degradación moral y el entretenimiento indiscriminado. No suele suceder pero cada vez que a algún ciudadano comienza a surgirle la duda de las intenciones del imperio, o los instintos morales olvidados de la naturaleza humana resurgen desde el fondo de la conciencia, siempre existe la droga (soma) que suministra el imperio para anestesiar los sentidos y las sensaciones que amenazan la felicidad individual.

El Estado Mundial promueve el sexo libre como medio de diversión. Y el entretenimiento audiovisual con muchos efectos especiales y colores que estimulen sensaciones de bienestar. Casi siempre el contenido del entretenimiento es pornográfico.

Inutilidad del Pensamiento y la Individualidad

Como mecanismo de degradación y control la sociedad feliz promueve una política de odio al pensamiento. No tolera aquello que una vez se llamó lógica, y mucho menos la conoce. Porque el Estado Mundial siempre tiene la razón. Encarna la garantía del sentido común y la verdad. Y cuando de vez en cuando alguien es movido por el impulso de pensar, se avergüenza, se sonroja, se toma de inmediato el soma que todos en la sociedad feliz consumen, y que el imperio se ocupa que siempre carguen en el bolsillo.

Además, el Estado Mundial promueve la utilización diaria de los lugares de entretenimiento colectivo luego de cumplir con el horario de sus respectivas ocupaciones. La casa siempre es un lugar donde irse a dormir, no para estar en el silencio y la quietud que da la soledad y que tanto daño le hace a la felicidad. Se valora la colectividad por encima de todas las cosas. Porque de esta manera se evita el pensamiento individual que resulta tan nocivo a la estabilidad social.

Pero entonces surge una nueva pregunta: ¿Realmente es feliz la sociedad feliz?

Un Diálogo Revelador

El clímax de Un mundo feliz se enmarca en una escena improbable que termina desvelando las cortinas de las interioridades de la cúpula directiva del Estado Mundial en el personaje del interventor, Mustafá Mond, la persona de mayor poder en la trama de la novela. El narrador hace un acercamiento de cámara tan íntimo que es como si estuviéramos al otro lado del ventanal de una habitación interior del más importante palacio gubernamental en el imperio, escuchando la conversación entre un frío dictador y un perspicaz extranjero al que todos conocen como Jhon el
Salvaje, natural de Malpaís, un asentamiento humano mínimo e incivilizado que se encuentra fuera de los límites del imperio.

Mediante un giro de trama dramático, movidos por la curiosidad de comprenderse mutuamente, tiene lugar el diálogo más importante de la novela, consistente fundamentalmente en dos partes, el Arte y Dios.

Arte

Mustafá Mond estrechó la mano de los tres hombres; pero se dirigió al salvaje:
De modo que nuestra civilización no le gusta mucho, Mr. Salvaje –dijo.
No –dijo, con un gesto de negación con la cabeza.
Pero, John…empezó. Una mirada de Mustafá Mond lo redujo a un silencio abyecto.
Desde luego –prosiguió el salvaje, admito que hay algunas cosas excelentes. Toda esta música en el aire, por ejemplo…
“A veces un millar de instrumentos sonoros zumban en mis oídos; otras veces son voces…”
El rostro del salvaje se iluminó con profundo y súbito placer.
¿También lo ha leído? –preguntó-. Yo creía que aquí, en Londres, nadie conocía este libro.
Casi nadie. Yo soy uno de los poquísimos. Está prohibido, ¿comprende? Pero como yo soy quien hace las leyes, también puedo quebrantarlas.

En este punto es claramente visible la actitud autoritaria, cínica y manipuladora del interventor. El salvaje hasta siente vergüenza por expresar lo que piensa. Aun así continúa:

Pero ¿por qué está prohibido? –preguntó el salvaje. En la excitación que le producía el hecho de conocer a un hombre que había leído a Shakespeare, había olvidado momentáneamente todo lo demás. El interventor se encogió de hombros.
Porque es antiguo; ésta es la razón principal. Aquí las cosas antiguas no nos son útiles.

En la sociedad feliz todo lo catalogado como viejo es basura. Se rechaza lo viejo por ser viejo y se adopta lo nuevo por el simple hecho ser nuevo. En otras palabras, la belleza y la verdad no importan por ser atemporales. Sólo lo pragmático es importante.

¿Aunque sean bellas?
Especialmente cuando son bellas. La belleza ejerce cierta atracción, y nosotros no queremos que la gente se sienta atraída por cosas antiguas. Queremos que les gusten las nuevas.
[…] ¿Por qué no le permite leer Otelo?
[…] no lo entenderían.

La sociedad feliz es muy avanzada en materia tecnológica pero no conoce conceptos y palabras de índole moral, filosófica e incluso espiritual con los que hoy contamos. Valores espirituales como la belleza son peligrosos para la estabilidad del Estado. Esta prohibición, ha sido en parte el método más efectivo para el imperio de llevar felicidad a cada ciudadano.

En las palabras de Otelo (el salvaje) encontraba el vehículo adecuado para expresar su desprecio y su odio (a la cultura inmoral del Estado Mundial).

El salvaje guardó silencio un momento.
Sin embargo –insistió obstinadamente, Otelo es bueno, Otelo es mejor que esas películas.
[…] pero este es el precio de la estabilidad. Hay que elegir entre felicidad y lo que la gente llamaba arte puro. Nosotros hemos sacrificado el arte puro y en su lugar hemos puesto el sensorama y el órgano de perfumes (una forma degradada de placer mediante los sentidos).
Pero no tienen ningún mensaje. Sí, el mensaje consiste en emitir una gran cantidad de sensaciones agradables al público.

La estrategia de control de la felicidad en el imperio es evitar a toda costa que los ciudadanos piensen, y que si acaso piensan, nunca sea en cosas importantes. En especial en aquellas cosas que por su belleza elevan el espíritu humano.

Dios

–Arte, ciencia (imparcial)… creo que han pagado ustedes un precio muy elevado por su felicidad –dijo el salvaje, cuando se quedaron solos–. ¿Algo más, acaso?
–Pues… la religión, desde luego –contestó el interventor–. Antes de la guerra de los Nueve Años había una cosa llamada… Dios. […] Es un tema que siempre me ha interesado mucho. –Sacó de la caja un grueso volumen negro–. Supongo que usted no ha leído esto. El salvaje cogió el libro.
–La Sagrada Biblia, con el Antiguo y el Nuevo Testamento –leyó en voz alta.
–[…] Pero si usted conoce a Dios, ¿por qué no se lo dice a los demás? –preguntó el salvaje, indignado–. ¿Por qué no les da a leer estos libros que tratan de Dios?
–Por la misma razón por la que no les dejo leer Otelo: son antiguos; tratan del Dios de hace cientos de años. No del Dios de ahora.
–Pero Dios no cambia.
–Los hombres, sí.
–[…] Pero Dios es la razón que justifica todo lo que es noble, bello y heroico. Si ustedes tuvieran un Dios…
–Mi joven y querido amigo –dijo Mustafá Mond, la civilización no tiene ninguna necesidad de nobleza ni de heroísmo. Ambas cosas son síntomas de ineficacia política.

La conversación se extiende y termina con una exclamación de Jhon el Salvaje deseando todo lo contrario a la felicidad:

Pues yo no quiero comodidad. Yo quiero a Dios, quiero poesía, peligro real, libertad, bondad, pecado.

Conclusiones

Flota una última pregunta en el aire: ¿de qué manera puede el mundo ser feliz?

En la novela Un mundo feliz Aldous Huxley entrega una composición en prosa cargada de ironía donde satiriza una sociedad que ha alcanzado un desarrollo (entre comillas) técnico y científico pero que ha renunciado a los valores morales porque ya no ve en ellos importancia. El arte (en su quinta manifestación, la literatura) y Dios han sido barridos de la cultura por motivos sumamente oscuros: impedir el pensamiento individual y así poder dominar la población mundial. Es a esto que el imperio llama felicidad. La ignorancia; la degradación moral; el entretenimiento vacío.

Cuando sacamos a Dios de la sociedad sacamos el fundamento de todo aquello que nos hace auténticamente humanos, pues es Dios el referente de lo que es bueno y malo, de la belleza y la fealdad. Y si sacamos a Dios, matamos el espíritu humano, que es, al final de cuentas, el que contempla la belleza para luego crear verdadero arte.

¿De qué manera puede el mundo ser feliz? La novela no lo dice. Pero lo que queda bastante claro es que no podemos ser felices si sacamos a Dios y el Arte de la sociedad.

Dios y el Arte son indispensables para la felicidad.

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