Arte y Cosmovisión

Por Esmeraldo V. Nolasco.

Existen quienes piensan que toda manifestación artística carece de significado objetivo y que por tanto es el observador quien identifica en la obra algún significado de orden puramente subjetivo, independiente de la intención original del artista. La sensación que se obtenga de la escena de la película Psicosis donde Vera Miles observa aterrada un asesino Anthony Perkins parado frente a la bañera con cuchillo a mano alzada, mientras en el fondo se escucha un sonido de violines en tono agudo y tenso, o, la interpretación que surja de la puesta en escena de la ópera Nabucco de Verdi, o, la percepción que se tenga de las novelas de terror de H. P. Lovecraft, es tema ya no del esteta consagrado a su arte, más bien lo es, con sensibilidad o no, del testigo que contempla la obra maestra. Tanto si se observa la imponencia de la escultura Mamá (Maman, en francés) en el museo Guggenheim en Bilbao como si se lee al latino Gabo, premio Nobel de literatura, en Cien años de soledad, existen quienes piensan que el valor de la obra está en el sujeto que la pondera. No en el objeto. Mucho menos en la intención del artista. Este hecho nos plantea una cuestión de una importancia monumental: ¿existe la verdad? Si es así ¿se puede ser objetivo? y dado que existe el individuo ¿cómo debo entender la subjetividad?

El Arte como Expresión del Individuo

Arte es expresión. Comunicación. Sujeto en acción. En otras palabras, es manifestar al mundo exterior parte del mundo interior del individuo que encuentra irreprimible sus deseos de hacer contacto con el prójimo, entendido como sociedad o individuo. Es aquí cuando arribamos al aspecto psicológico del arte. Porque desde que descubrimos que es el individuo quien hace arte, no la sociedad, dado que la sociedad es un constructo abstracto, un intangible, entramos a terrenos puramente psíquicos.


Un sujeto tiene experiencias vitales; normales, buenas y malas. O incluso desastrosas. Y de ello el sujeto, que además es artista o pretende serlo, tiene un modo particular de interpretar (sea verdad o no) lo que le sucede. Es entonces cuando surgen los traumas, si el individuo finalmente procesa de forma inadecuada su experiencia. O puede que surja algo bueno, dependiendo de los recursos psicológicos internos de que dispone el individuo. Precariedad, trauma, enfermedad, abundancia, relaciones rotas o construidas, seguridad, amor, temor, traición… son algunos de los temas que van moldeando al artista, como también le sucede a cualquier otro individuo, y que luego, muchos años después, expresa a modo de arte. Por una razón sencilla: todo aquello es lo que es él; es lo que lo ha formado. Como sabiamente decía Ortega y Gasset, “el hombres es el hombre y su circunstancia”. De ahí, como ejemplo, presentamos a la artista francesa Louise Bourgeois quien expresamente declaró que su imponente obra de arte Mamá representa episodios de su niñez relacionados con su madre, quien era una tejedora tierna y protectora, y su padre, que era infiel a su esposa y sin embargo ella toleraba. Hacía como si nada estuviera sucediendo, tal vez para preservar el hogar; o las experiencias que tallaron la obra de arte que hoy llamamos Cien años de soledad, cuyo tema subyacente, entre otros, es el poder. Como el mismo Gabriel García Márquez confesó en una entrevista que le hiciera una periodista, dijo: “en todas mis obras siempre he hablado del poder”. Siendo periodista y habiendo nacido y crecido en una Colombia que formaba parte de una América latina embestida por grandes dictadores, eso lo moldeó.


Y si también es verdad que el hombre de genio y creatividad (no en todos los casos) tiene una extraña e interesante relación con un temperamento más, digamos, melancólico, como el mismo Aristóteles afirmaba, no es menos cierto que también el mismo artista independientemente del temperamento que posea es moldeado por las circunstancias de la vida que le acaecen. Por tanto, él mismo es una obra de arte formada por manos invisibles.

El Arte como Expresión del Pensamiento

Más aún, toda expresión individual tiene algún tipo de contenido que al fin de cuentas es lo que apasiona comunicar. El puente que nos permite hacer una transición natural desde la estética (arte) hasta la ética (moral) es la filosofía. Es con los griegos que brotan los esfuerzos sistemáticos formales por comprender las manifestaciones artísticas y su relación con realidades intangibles pero de verdadero valor para el espíritu humano, tales como la belleza y la armonía. Lo opuesto también es cierto, es decir, la fealdad y lo desproporcional. No obstante, es importante tener en cuenta que las manifestaciones artísticas han ocurrido desde siempre, no sólo en sociedades civilizadas sino también en sociedades primitivas. En República Dominicana, de donde soy, se encuentra el parque nacional Cueva de las Maravillas donde existen centenas de representaciones del arte denominado rupestre. Un tipo de arte prehistórico que refleja entre otras cosas, los mitos y rituales de los indígenas. El punto es el siguiente: todo ser humano desde el mismo momento que toma conciencia de sí mismo tiene la necesidad de expresar su propia esencia, y el medio por excelencia para hacerlo es el arte. Pero esta expresión que llamamos arte está necesitada del mundo de las ideas de Platón. Por tanto, pensamiento y arte, o lo que es igual, filosofía y arte, siempre han caminado dulcemente agarradas de la mano.


El afamado psicólogo cognitivista de la universidad de Harvard, Howard Gardner nos da algunos ejemplos de lo que estamos diciendo: “las obras de arte han cambiado nuestra noción de lo artístico y, con frecuencia, también nuestra percepción del mundo.” Como científico de los procesos mentales y conducta identifica con claridad cómo el arte impacta nuestra manera de pensar, no sólo en aspectos locales sino, incluso, a escala universal. Dos palabras claves se encuentran en el comentario de Gardner, noción y percepción. Ambos conceptos son de naturaleza mental, intelectual, cerebral. Por tanto, del pensamiento. Howard continúa diciendo: “El Guernica de Pablo Picasso y las novelas de Ernest Hemingway o de André Malraux formaron o alteraron más concepciones de la guerra civil española que mil titulares de prensa.” Y concluye: “[los artistas] suscitan el cambio mental introduciendo en sus obras nuevas ideas…”.


Lo que tenemos aquí entonces, es que ninguna obra de arte viene desprovista de alguna significación objetiva, que pueden ser múltiples, tantas como la intención del autor lo permita. Aún el expresionismo abstracto, tan psicodélico en su naturaleza, contiene un mensaje objetivo que si bien es enriquecido con la contemplación individual del observador, no podemos olvidar que en el pensamiento detrás de este movimiento se encuentran temas como la angustia existencial y la desesperación. Más aun, el expresionismo abstracto tiene en su ascendencia genealógica al surrealismo, y éste a su vez al romanticismo, que fue al final del día, cuando todo se ha dicho y hecho, una reacción social al positivismo de corte racionalista que cifraba todas las esperanzas de la humanidad en el progreso y la Ciencia, la que luego terminaría defraudando al mundo con dos enormes guerras mundiales.


Ahora bien, el hecho de que cada pensamiento entraña una manera particular de ver el mundo nos da la potestad para llamarle ‘cosmovisión’, que no es más que una manera particular de interpretar el mundo a través de las propias ideas. Significa por implicación que una cosmovisión es un sistema de ponderación de lo que es correcto o incorrecto, lo que es deseado o indeseado, lo que es prioridad o irrelevante. En otras palabras, una cosmovisión es un sistema de valores.

El Arte como Expresión de una Época

Las expresiones artísticas son propias de uno o varios individuos (comunidad, sociedad) que en el pasado han sido influidos por un conjunto de experiencias, que entre otros elementos, son responsables del pensamiento de referida comunidad. Sumado a eso, hemos argumentado que todo pensamiento esta matizado por valores y prioridades particulares. Un ejemplo de esto son los carnavales que cada pueblo celebra como manifestación de una historia y costumbres compartidas, a veces a escala local (un poblado) y otras a escala nacional (un país). Sin embargo, todo esto no estaría completo si por descuido dejáramos fuera de este ensayo el elemento histórico. Lo que quiero decir es que, el numen, es una expresión de la psicología del individuo, producto de algún tipo de cosmovisión, pero que también está cincelada, enmarcada y predestinada por una época.


Según Francis Schaeffer, “en el norte de Europa, Van Eyck (1380-1441) fue el artista que abrió la puerta a la naturaleza dándole una nueva concepción, comenzando a pintar naturaleza real. Su pintura es de suma importancia y significado para el arte puesto que contiene el primer paisaje. […] Con ésta marcó la pauta para todos los fondos de la pintura posterior durante el Renacimiento”. Schaeffer nos continúa diciendo:


En 1435, Van Eyck pintó la Virgen del Canciller Rolin, que se halla actualmente en el Museo del Louvre de París. La característica más significativa radica en el hecho de que el canciller Rolin, situado frente a María, tiene la misma estatura que ella. María ya no se representa como un personaje superior y remoto, el canciller tampoco es ya una figura mucho más pequeña, como hubiera sido el caso en una pintura de un período anterior. Aunque junta sus manos en actitud de oración, el hombre se ha convertido en un igual de un personaje glorificado, en este caso el igual de María.


El mismo influjo se nota en los escritos de Dante y Petrarca, quienes desacralizan temas antaño sagrados, aunados a un nuevo gusto por la naturaleza. Y la mima tendencia ocurre en todas las esferas del arte. Pero, uno se pregunta ¿Qué está sucediendo aquí? La respuesta es triple: el hombre ya no es el mismo, las ideas están evolucionando y la época es otra.


En la Edad Media durante poco más de mil años las artes giraban en torno a las tradiciones religiosas, bajo la hegemonía de la iglesia católica romana. Pero con el surgimiento de los deseos nacionalistas independentistas de los pueblos europeos, sumado a los estallidos aquí y allá de hombres y mujeres que anhelaban una renovación religiosa, impulsados por una fe más razonable y menos tradicional, se inician cambios al principio sutiles, imperceptibles, para luego convertirse en grandes motores de movimientos sociales. Así, el deseo de libertad, la necesidad de pensar con mayor racionalidad e independencia (libertad de nuevo), son las semillas que van engendrando el humanismo. Con el humanismo se recupera el interés perdido por la naturaleza y otras inquietudes menos escolásticas. Esta cosmovisión, cuyos valores esenciales son libertad, naturaleza y razón trae como resultado el comienzo del rompimiento con una época culturalmente agotada para inaugurar una nueva, el renacimiento.


Pero son las necesidades y las coyunturas históricas las que van moldeando las ideas que posteriormente transforman a generaciones enteras.


El arte entonces es producto de profundos acontecimientos sociales. Nunca ocurre desde un vacío.


Como bien apuntaba José Ortega y Gasset:


Cada generación se yergue sobre los hombros de la generación anterior”; Y yo añado: …Y es a eso que llamamos Historia.

Conclusiones

Al principio de este ensayo planteábamos las preguntas de si era posible identificar con objetividad el significado de una obra de arte; y dado que existe un mundo estrictamente personal o subjetivo en el interior de cada individuo, especialmente el del artista, uno se pregunta si existe la verdad en el arte o si es posible incluso llegar a conocerla.


La intención nuestra es combatir la noción relativista (una cosmovisión peligrosa) que menosprecia la verdad y por consiguiente todo intento de objetividad, dando prominencia a la interpretación estrictamente subjetiva del individuo, el cual sin necesidad de elementos de juicio (como los cubiertos en este escrito) se arroja a proyectar significados ausentes en una obra cuyo valor real debe ser encontrado desde una interrogación a las intenciones del artista.


El relativismo como forma de pensar escupe en la cara a los absolutos morales como la verdad para sublevarse contra toda interpretación que procure enarbolar la verdad. Los males de este pensamiento van desde la interpretación de unas líneas literarias hasta la trivialización de las lecciones morales y espirituales a que nos expone el arte como medio del desarrollo humano.


Por ejemplo, este enfoque aplicado a las artes se vuelve todavía más terrible cuando rechazando la objetividad y el significado original (la verdad) de alguna obra artística, se arroja a interpretar algún pasaje de la biblia de forma antojadiza. Si es prosa bíblica, a los relativistas, no les importa un bledo las intenciones o circunstancias en que se escribió, simplemente arrojan sus significados irresponsables a diestra y siniestra. Si es poesía biblia, todavía mucho más porque dicen que es lenguaje figurado, ignorando que hasta las metáforas tienen una interpretación objetiva.


Se vuelve entonces una tendencia manipuladora y encubridora de la verdad. Pero la verdad nunca pasa de moda porque es atemporal, eterna. Esta tendencia a relativizarlo todo no sólo se encuentra en cuestiones religiosas, sino que permean todas las áreas del saber y las artes. Todavía más peligroso: permea nuestra manera de pensar sobre la vida y en consecuencia nuestra manera de vivir día a día.


De forma escueta numero mi respuesta a las inquietudes iniciales:


1. La verdad existe. Incluso en el arte. No podemos asumir un significado que no se encuentre en la obra de arte. Y aun cuando la obra sea por naturaleza de difícil interpretación, como de hecho algunos artistas pretenden que sea, partamos de lo indicios claramente establecidos para llegar a una mejor conclusión. Ah, otra cosa, en cuestiones poco claras, no se debe ser dogmatico.


2. Ser objetivo es esforzarse. No pudiéramos hablar de objetividad si la verdad no existiera. Pero existe. Y se impone. Se puede ser objetivo si trabajamos para conocer los hechos. Como decía Lee McIntyre en su ensayo Posverdad: “Todo el mundo tiene derecho a tener sus propias opiniones, a lo que no tenemos derecho es a tener nuestros propios hechos”. Investiga los hechos. Trabaja. Conoce las características de la época. Conoce el pensamiento dominante y sus matices.


3. La subjetividad es otra forma de objetividad. Lo es porque es un hecho que el individuo es como es. Lo que lo formó también es objetivo: experiencias, circunstancias, traumas, recursos, valores, crianza, oportunidades… para conocer al individuo debemos estudiar la historia del individuo.


Entonces y sólo entonces estaremos en mejor posición para entender el arte, incluyendo la mejor obra de arte de todas: la biblia y la naturaleza, por ser Dios mismo el artista.