Los Miserables

Por Esmeraldo V. Nolasco.

El intelectual y novelista romántico francés, Víctor Hugo, escribió una de las obras literarias más emblemáticas de las letras francesas. Son ya centenas las obras de teatro y musicales que se han inspirado en esta monumental pieza de arte. Retrata la realidad social de la época con una mirada tan incisiva como dramática. Nos muestra contrastes, conflictos y contradicciones en sus personajes; un argumento impecable; una trama inquietante, pero sobre todas la cosas, es la transformación de uno de sus personajes principales lo que nos hace mirar de cerca el valor tan completamente extraordinario de la historia. Me refiero a Los Miserables.

EL VAGABUNDO JEAN VALJEAN

Víctor Hugo construye con habilidad un personaje sobresaliente que marca el ritmo de la historia. Su nombre es Jean Valjean; un hombre taciturno, golpeado por la desgracia, cuya vida consiste en encontrar alimento para su hermana y sobrinos, y luego para él, de ser posible; Pero la sociedad francesa de la época no es lo que se diría empática.

Jean Valjean también es un hombre de principios morales y de trabajo. Sin embargo, los acontecimientos en su vida y en la de su familia cada vez más se van volviendo frustrantes, confusos y desalentadores. Pierde su trabajo y, sin haber sido nunca un ladrón, decide robar alimentos en una tienda, no para sí mismo, sino para su familia.

Nuestro personaje pasa tiempo en la cárcel, tratado como un deplorable ladrón. Es fichado por la policía de la ciudad. Su carácter bonachón empieza a transformarse en una amargura silente, antisocial, incomprendido, sin nada que ganar, pero tampoco nada que perder. Ahora ya no es el mismo; ahora es un enemigo público, un verdadero antisocial.

Después de años encarcelado, Jean Valjean sale. Pero, ¿hacia dónde va ahora? No conoce a nadie fuera. Su mundo era la cárcel. Y cuando comenzaba a adaptarse, muchos años después, ahora obtiene libertad para andar por las calles de la Francia Napoleónica.

Vaga por las calles. Busca albergue; pero nadie lo quiere en el suyo, aunque pague por ello. Todo el mundo sabe que anda suelto, y los policías que rondan por la ciudad lo conocen y lo acosan. Tiene hambre; y aunque pague, no encuentra comida, pues ningún cocinero lo quiere en su establecimiento. Jean se vuelve quizá un poco más amargo, quizá un poco mas resentido; sin embargo, en su momento más oscuro sintiendo el rechazo de todos, encuentra un hombre, uno solo, que lo acoge para mostrarle el camino de la redención. Este hombre es el obispo Myriel.

EL OBISPO MYRIEL

¿Qué ocurre cuando un vagabundo impío se encuentra con la gracia de Dios? Esa es la pregunta que Víctor Hugo parece querer responder en la narración que sigue.

En una noche helada por la nieve que caía, el vagabundo toca desesperado -seguro de que su ruego será denegado como todas la veces anteriores- las puertas de un albergue religioso. Para su sorpresa es invitado a pasar. Come. Bebe. Es vestido. Le ofrecen cama. Pero sobre todo, incrédulo, no comprende el comportamiento tan… compasivo, alegre, paciente, dulce y sabio del responsable de su nuevo bienestar: el buen hombre Myriel. El obispo.

El obispo Myriel es un hombre poco interesado. A diferencia de la mayoría de los hombres de la sociedad francesa retratada en la novela que eran materialistas groseros. Es evidente que Myriel practica el evangelio porque no sólo se limita a dar albergue al vagabundo desconocido, sino que también se muestra muy contento de tenerlo cenando allí, en esa casa del Señor.

Pero el miserable vagabundo Jean Valjean es un hombre peligroso. No lo era antes, pero eso hace ya mucho tiempo. Ahora todo es diferente; y aunque se encuentra conmovido, confundido y agradecido de Dios y el obispo por tan maravillosa acogida, sus bajos instintos comienzan a sugerirle cosas impensables de hacerle a un hombre que tanto bien le había hecho. Es entonces, sintiendo irreprimibles sus pasiones, cuando al amanecer del otro día se marcha antes de que todos se levanten en el albergue, robando utensilios costosos muy valorados por el obispo.

En el albergue todos los sirvientes se alarman por lo ocurrido. Criticando por lo bajo la tanta bondad mostrada por el obispo a un hombre desconocido que a todas luces era un vagabundo y sabía Dios qué más. El obispo, sin embargo, sabio por demás, no emite opinión sino que calla. Medita. Al poco, retoma alegremente su quehacer sin dar mayor importancia a lo sucedido.

GRACIA SOBRE GRACIA

En cuestión de horas los rumores se han esparcido por la ciudad y la policía se dispone a encontrar a ese vagabundo que tantas ganas tiene de mandar nueva vez a la cárcel, si tan sólo tuvieran un motivo probable. Una evidencia. Es así entonces cuando llevan a Jean apresado ante el obispo en el albergue, acusándole de ser este mismo el ladrón responsable del crimen esa misma mañana. Lo encontraron con las pertenencias de Myriel en las manos. Un Jean Valjean miedoso y desesperanzado contempla al padre mientras el policía habla con el obispo. Lo que pasa a continuación es todavía más aterrador y pulveriza todo lo experimentado por el vagabundo hasta ese momento: el padre conversa pacientemente con el policía, genuinamente contento de volver a ver al vagabundo, diciéndole que podía y debía soltar a este ciudadano porque él no era ningún ladrón, que todo lo que encontraron en su posesión le pertenecía antes pero que se lo había regalado a Jean Valjean.

Un muy confundido miserable vagabundo contrariado en su naturaleza, abrumado por una bondad desconocida, conmovido hasta las lágrimas por tan grande misericordia, maravillado por tan increíble gracia, expresaría luego su deseo de cambiar, un deseo sembrado y abonado por el obispo.

La redención que trajo la gracia mostrada por el obispo Myriel a un vagabundo miserable Jean Valjean, lo transformaría en un gran empresario industrial, muy respetado en toda Francia. Su nombre ya no sería Jean, ni su apariencia la de un vagabundo. Ahora su nuevo yo se llamaría Monsieur Madeleine. Y su apariencia la de un gran empresario.

JESÚS Y LOS MISERABLES

En el sermón del monte nuestro Señor nos dijo que el reino de los cielos pertenece a los que reconocen su bancarrota espiritual; su insolvencia moral. Es cuando el ser humano abandona su orgullo y autosuficiencia delante de Dios cuando su gracia obra un milagro en el interior del hombre.

Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos.

Mateo 5:3.

Más aun, antes de que el pecador rebelde reconozca su necesidad de perdón, y mereciendo la condena eterna, el amor de Dios nos persigue en su bondad incomprensible y su inmensa gracia para restaurarnos y transformarnos.

Ese conocimiento desarma al más endurecido pecador. Es entonces cuando guardar sus mandamientos y seguirlo ya no es una carga. Más bien es un poderoso motor que mueve el corazón en amor y adoración.